La adicción a la comida: cómo transformar la vergüenza en compasión

Por Dra. Maria Egervari – Manjeet Adi

Ayer en el gimnasio escuché la conversación de dos personas haciendo ejercicio a mi lado. Una de ellas comentaba que su amiga está saliendo con un hombre con sobrepeso. Con una voz que claramente expresaba asco, dijo que preferiría quedarse sola para siempre que tocar a una persona así. La repulsión en su expresión facial era clara, y me hizo reflexionar sobre los problemas complejos de utilizar la comida para aliviar el dolor, y sobre los juicios y la vergüenza  alrededor de esto.

En el mundo de hoy, es muy común utilizar la comida para brindarnos confort. Los comerciales de comida manufacturada –o lo que yo llamaría sustancias parecidas a la comida– ofrecen el placer como una forma de escapar de nuestros sentimientos. Estas comidas han sido diseñadas para satisfacer una necesidad de placer sensorial y generar antojos, mientras que el aspecto nutricional se convierte en algo secundario. 

El tipo de actitud que presencié en el gimnasio es muy común, como también lo son las oportunidades de acceder a comida que aumenta nuestro peso. Ambas presentan retos para las personas que ya tienen dificultades con esto. 

Cuando la comida se convierte en el objeto de la adicción, se agrega una capa más a un panorama que de por sí es complicado: la neurobiología de la adicción. No podemos dejar la comida de la misma forma en que podemos dejar de consumir alcohol o heroína. No hay indicaciones sobre cómo manejar este tipo de comportamiento adictivo, partiendo de que nutrirnos es una necesidad vital.  

La vergüenza que acompaña el sobrepeso o la obesidad puede ser abrumadora. La autocrítica es dura y el autocastigo es severo. La vergüenza desconecta a las personas que tienen una adicción a la comida: a menudo las lleva a aislarse y evitar desarrollar relaciones significativas. El resultado es sentir más dolor que necesita ser aliviado —naturalmente— con comida. 


¿Cómo rompemos el círculo vicioso? 

Lo rompemos explorando la raíz de los comportamientos adictivos y su función adaptativa, generando conciencia junto con el consultante de que estos son mecanismos de defensa y que son el resultado de las necesidades insatisfechas de la infancia, o de haber experimentado abuso físico, sexual o psicológico. Este es uno de lo que llamamos hitos en CI, y utilizarlo puede abrirnos las puertas hacia la autocompasión:  

“Trae a la conciencia del cliente el entendimiento de que su comportamiento es un mecanismo de supervivencia. Pregúntale qué le da ese comportamiento o esa sustancia, y si es una necesidad humana normal. Ayúdale a ser compasivo consigo mismo/a, y a alejarse de sentir que está haciendo algo malo.” 

Gabor lo explica de forma maravillosa en uno de sus videos: 

Lo que pasa es que, para que la esencia se desarrolle en nosotros, el ambiente en el que crecemos debe reflejar nuestra alegría, poder y belleza, y debe reflejar nuestra vitalidad. Cuando el entorno no puede hacer eso, apagamos partes de nosotros porque nos sentimos solitarios; nos da miedo estar a solas con esas partes. Apagamos todas esas partes de nosotros mismos y perdemos la conexión con nuestra esencia, eso es lo que te pasó a ti. Es lo que nos ha pasado a muchos de nosotros.”

Como dice Gabor, “pregunta el por qué del dolor, no el por qué de la adicción.” Los practicantes de CI usualmente exploran las experiencias tempranas y las creencias que nos llevan a un comportamiento. Gabor nos ayuda a entender que vemos el mundo a través de nuestras creencias (nuestra mente crea el mundo), lo cual nos lleva a requerir mecanismos de supervivencia. 

Entonces invitamos a brindar compasión a ese niño cuyas necesidades no fueron satisfechas y encontró una manera de gestionar el dolor. 

Espero que todos seamos abiertos, curiosos y compasivos cada vez que conocemos a alguien que utiliza la comida para aliviar su dolor. 

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