Apego, adaptación y adicción

Por Kevin Young

Apego y adaptación

Sentí mi cuerpo contraerse cuando consideraba escribir este artículo para el público. Sentí un apretón en el estómago; mi pecho y mi corazón se cerraron, y mi mente –o al menos la manifestación de miedo en mi cuerpo y en mi mente– me decía “no lo hagas”. 

Compassionate Inquiry me ha enseñado a reconocer que algo sucede en mi en este momento; a brindarme espacio, presencia y aceptación para aprovechar lo que surge. Cuando lo hago, a veces veo, escucho y siento que en mí existe el miedo al rechazo: “¿Qué pasa si el texto no es lo suficientemente bueno?”; “¿Qué pasa si no lo hago bien?”; “¿Qué pasa si ellos me rechazan?”

Daré un poco de contexto. Soy el segundo de tres hijos que mi madre tuvo antes de sus veinte años. Vivimos en una parte muy pobre de Belfast —una ciudad afectada por una guerra sectaria, el caos político, la pobreza y el sufrimiento—. Eran tiempos difíciles y mi padre era un joven de veinte años con una dependencia al alcohol. Dadas las circunstancias, mi padre y mi madre no estaban disponibles física ni emocionalmente. 

Sin duda alguna, mi hermana mayor era conocida como la más vivaz —hoy se encuentra indagando en su propio TDAH–; mi hermana menor era “la pegajosa” —estuvo en las piernas de mi madre durante los primeros diez o doce años de su vida–; y luego estaba yo. Yo era “el niño bueno”: nunca pedía nada, nunca necesitaba nada y nunca molestaba a nadie —no lloraba, no tenía expectativas y aprendí muy temprano a cuidar de mí mismo–. 

Me adapté para sobrevivir a mi entorno. Mi organismo era tan inteligente y avanzado que, incluso a la edad de uno o dos años, ya se había adaptado; no tenía sentido pedir, querer, necesitar o esperar amor y sintonía emocional, así que no lo hice. Suprimí todas mis necesidades humanas porque era lo único que podía hacer. Era lo mejor que podía hacer. ¿Quizás has hecho algo similar? 

¿Qué empieza a creer un niño sobre sí mismo en un ambiente que no atiende sus necesidades, deseos y presencia? Empieza a creer que sus necesidades no son importantes, que él o ella no es importante y que al mundo en general no le importa. Cree que la mejor manera de estar en el mundo es no tener necesidades. 

He podido registrar esta adaptación a lo largo de mi vida después de estudiar y experimentar con CI a través de mis interacciones con mis colegas. Realmente fui un niño perfecto —a las mamás de mis amigos les encantaba que vaya a sus casas—, podía esconderme tan bien que para ellas era un gusto cuidarme. He sido experto en esconder mis necesidades, luchas y deseos de la mayoría de las personas que están en mi vida. He sentido vergüenza de tener esas cosas. “Yo no puedo tener necesidades”, pensaba, y sentía mucha vergüenza de tenerlas. 

Adicción

A los trece o catorce años, encontré una gran solución para mi vergüenza: la adicción. Durante los siguientes diecisiete años de mi vida, fui un adicto altamente funcional (la mayoría del tiempo). Utilizaba predominantemente drogas recreacionales, solo que llegué al punto en que la mayoría de los días eran un gran día para recrearme. 

Por supuesto, pude convencerme de que esto no era una adicción porque podía comprar alcohol y drogas caras y generar un buen estándar de vida —esto era relajación, socialización, conexión, celebración, gozo, cultura y expresión–. Esto era vivir de forma rápida, excitante y ruidosa. Hasta que no lo fue. Gabor cita a Eckhart Tolle a menudo cuando dice que “la adicción empieza con dolor y termina con dolor.”

Ah, y mi habilidad adaptativa de ser extremadamente bueno, carismático, servicial y solidario con las necesidades de los demás seguía muy activa. Hasta ahora debo estar consciente y tener compasión por eso para no enterrar mis necesidades tan profundamente. 

Tengo curiosidad sobre cómo te suena lo que he dicho hasta ahora. ¿Reconoces alguna parte de mi experiencia en tu propia historia? Si es así, entonces CI nos puede ayudar. 

Para mí, una de las herramientas más útiles que me ha dado CI es la habilidad de estar presente conmigo mismo, de estar presente en la experiencia de mi cuerpo; presente para reconocer cómo la vergüenza y el miedo se manifiestan en mí. CI me ha demostrado que puedo estar consciente de estas sensaciones, en el momento presente, sin la necesidad de darme “confort” con una sustancia o por medio de un comportamiento. No siempre es fácil hacerlo, pero está bien. Tengo permiso de sentir, de necesitar. Tengo permiso de ser visto, escuchado y experimentado. 

CI me ha mostrado que cuando puedo dar un paso atrás y ver mi experiencia completa –mi mente, cuerpo, comportamiento y el entorno en el que crecí—, en realidad, no había mucho chance de que pudiera haber sido distinto, y esto invita a la compasión. Ah, “la compasión”… Puedo sentir cómo mi cuerpo se relaja cuando escribo eso. 

CI me ha demostrado que cuando pongo en práctica los cinco niveles de compasión, la sanación es posible. No solo es posible, es mi derecho y es el tuyo también. 

Estos son los 5 niveles de compasión: 

  1. Compasión ordinaria: cuando alguien sufre, sentimos empatía. 
  2. Compasión de la comprensión: sé curioso para entender qué tipo de dolor o qué historias están generando o perpetuando el sufrimiento de otra persona. 
  3. Compasión del reconocimiento: no hay nada en el consultante que no sea cierto en nosotros también.
  4. Compasión de la verdad: el sufrimiento se genera por creencias falsas que internalizamos de niños. Una vez que la verdad se expone, la persona puede soltar las mentiras y el engaño que gobernaba su comportamiento.
  5. Compasión de la posibilidad: vemos en el otro la máscara de falsedad y quién es realmente. Hay fuerza, verdad, coraje, amor y empatía en todos, y es posible conectar con estas cualidades. Hay un proceso de sanación dentro de cada uno de nosotros, y una vida individual que tiene propósito y dirección. 
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