Hay algo que todos los seres humanos –más allá de nuestras historias, nuestras culturas, nuestras victorias y nuestros desafíos cotidianos– tenemos en común: nacemos profundamente vulnerables. Durante los primeros meses de vida, no tenemos control sobre nada, no podemos sostener nuestra cabeza ni alimentarnos por cuenta propia. Y sin embargo, ese cuerpo tan chiquitito ya cuenta con algo esencial: siente. Desde el primer instante, nuestra supervivencia depende de que otro ser humano nos mire, nos sostenga, nos perciba. Depende de que alguien nos ofrezca no sólo alimento, sino presencia; no sólo calor, sino seguridad; no sólo contacto, sino sintonía.
Tal vez nadie nos lo dijo entonces, pero nuestro sistema nervioso ya entendía que la vida es un ir y venir entre dos fuerzas complementarias: expresarnos y ser recibidos. Mostrar nuestras sensaciones internas, aunque resultaran difíciles de comprender o de nombrar, y encontrar un espacio lo suficientemente disponible emocionalmente donde esas sensaciones pudieran existir sin que nadie las minimizara, ni las negara, ni por causa de ellas se alejara de nosotros. Cuando ese espacio estaba disponible, si un adulto nos miraba a los ojos con suavidad mientras nos colocaba con delicadeza contra su pecho, nuestra biología aprendía que el mundo podía ser habitable.

Créditos: Nicky Lloyd
Muchos de nosotros/as, crecimos sin que esa sintonía fuera constante. Tal vez nuestros cuidadores estaban agotados, preocupados, deprimidos o procurando criarnos en soledad. Tal vez nos sostenían físicamente, pero no emocionalmente. A veces la ruptura de sintonía no vino de grandes traumas, sino de pequeñas ausencias repetidas: un llanto que quedó demasiado tiempo sin respuesta, una mirada que se desvió justo cuando buscábamos conexión, una emoción celebrada únicamente cuando era “conveniente”, un gesto lleno de sensibilidad que nadie vio o valoró. Esos momentos –aparentemente insignificantes desde afuera– marcan profundamente nuestra manera de relacionarnos con nosotros mismos y con los demás, ya que nos enseñan, sin palabras, si es seguro sentir, si es seguro satisfacer nuestras necesidades, si es seguro existir.
La adultez, sin embargo, nos invita de nuevo –y muy seguido sin previo aviso– a recorrer el camino inverso: a aprender a darnos lo que no siempre recibimos; a descubrir que la presencia no es sólo un estado mental, sino una disposición del cuerpo a quedarse, incluso cuando algo dentro quiere escapar; a recordar que la seguridad no siempre viene de fuera, sino de un espacio interno que cultivamos con paciencia y práctica; a comprender que la sintonía no depende únicamente de los otros, sino de la capacidad que tenemos de acompañarnos a nosotros mismos con honestidad, curiosidad y ternura.
Y quizás por eso el inicio del año es tan simbólico, no porque cargue mágicamente con la promesa de un nuevo comienzo, sino porque nos recuerda algo que solemos olvidar: que siempre estamos a tiempo de regresar, siempre estamos a tiempo de mirarnos de una manera diferente, siempre estamos a tiempo de iniciar una conversación íntima con nuestro propio mundo interior, una conversación que puede comenzar con algo tan simple (y muchas veces tan desafiante) como detenernos por un momento y notar qué está vivo en nuestro cuerpo justo ahora.
Imagina por un instante una escena cotidiana: estás en la cocina, poniendo la mesa para la cena, y de repente notas que, sin saber muy bien por qué, tu respiración es superficial, entrecortada, y tu abdomen está un poco tenso. Quizá tu pareja todavía no llega a casa y algo en ti se adelanta pensando que vendrá con cansancio, o preocupación, o distante; quizá llevas días sintiendo una mezcla de nostalgia y ansiedad sin motivo aparente. Tu cuerpo se activa, tu mente intenta explicarlo… Pero si te detuvieras apenas unos segundos –sin juzgarte, sin intentar arreglar nada– podrías darte cuenta de que ahí, en esa tensión aparentemente inocua, se está representando una historia antigua: la de aquel bebé que necesitaba unos brazos que lo sostuvieran, una mirada cálida y amorosa, un corazón cercano para saber que pertenecía, para sentir que no estaba solo, para aprender que sus sensaciones internas eran válidas.
Y este es el punto esperanzador de todo: esa historia puede reescribirse. No borrarse, pero sí reescribirse, desde adentro hacia afuera. Cada vez que pausas y notas que dentro de ti algo se mueve, aunque sea incómodo; cada vez que permites que la emoción, por más pequeña o confusa que parezca, tenga un espacio; cada vez que eliges quedarte en tu cuerpo un segundo más antes de reaccionar; con esos gestos vas reconstruyendo tu propia seguridad interna, y estás enviando un mensaje directo a tu sistema nervioso que dice: “No te abandono. Estoy contigo. Puedes sentir”.
Presencia es, precisamente, la disposición a estar disponibles para lo que emerge –no sólo cuando la vida se siente amable, sino también cuando la ola sube y amenaza con arrastrarnos. Seguridad es la tierra donde esa presencia puede suceder, un terreno que se fortalece con micro-decisiones: un suspiro consciente, un límite honesto, una pausa que no huye. Y sintonía es la danza que ocurre cuando esa seguridad se expresa en conexión: primero contigo, luego con el otro, luego con el mundo, e incluso con Dios (sea el que sea para ti).
No necesitamos haber tenido una infancia perfecta para poder sintonizar ahora. No necesitamos tener todas las respuestas para ofrecer –ofrecernos– presencia. Sólo necesitamos recordar que, en lo más profundo, seguimos siendo ese ser humano vulnerable que un día buscó ojos que lo vieran, brazos que lo sostuvieran y un cuerpo que lo acompañara. Y que ahora, incluso con toda nuestra historia a cuestas, podemos convertirnos en ese sostén para nosotros mismos.
Porque la buena noticia es que nunca es demasiado tarde. Mientras la respiración esté fluyendo en nuestro cuerpo, podremos regresar al hogar interno de la presencia, reconstruir la seguridad que alguna vez se quebró y recuperar la sintonía que nos pertenece por derecho. Somos dignos, somos dignas, de habitar esta vida. Enero nos lo recuerda, pero lo cierto es que cada día, cada hora, cada minuto tenemos la oportunidad de empezar de nuevo. Siempre.



