Seguridad, presencia e IA en el espacio terapéutico

La inteligencia artificial (IA) se está convirtiendo en una presencia cada vez más visible en el mundo de la salud mental. Desde herramientas de programación y notas automatizadas hasta chatbots y software de análisis de emociones, la IA aparece a menudo como una forma de mejorar la eficiencia, la accesibilidad o la comprensión.

Sin embargo, para los terapeutas, entrenadores y otros profesionales, la llegada de la IA plantea una cuestión más fundamental, que va más allá de la funcionalidad o la innovación:

¿Cómo se experimenta la seguridad en el espacio terapéutico cuando la IA pasa a formar parte del proceso?

En el trabajo basado en el trauma, la seguridad no es una característica que pueda añadirse u optimizarse, sino que emerge a través de la presencia y la sintonía, que se exploran más a fondo en ¿Puede la IA apoyar la presencia empática en la terapia?. A medida que la tecnología se integra más en los contextos terapéuticos, nos invita a reflexionar detenidamente sobre cómo se crea, se percibe y se mantiene la seguridad.

Esta exploración no pretende llegar a respuestas definitivas. Más bien, es una invitación a frenar y considerar en qué se fundamenta realmente la seguridad cuando las relaciones humanas se intersectan con sistemas inteligentes.

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La seguridad como una experiencia vivida, no como un concepto

En los entornos terapéuticos, a menudo se habla de la seguridad, pero no se examina en profundidad con tanta frecuencia. Es fácil definir la seguridad en términos de procedimiento: políticas de confidencialidad, consentimiento informado y directrices éticas. Son esenciales, pero no explican del todo cómo se siente la seguridad en el cuerpo.

Para muchas personas, especialmente aquellas que han sufrido traumas, la seguridad no es una valoración racional. Es una experiencia del sistema nervioso. El cuerpo busca continuamente señales:

  • Tono de voz
  • Expresión facial
  • Ritmo
  • Silencio y capacidad de respuesta

La seguridad surge cuando estas señales indican que uno puede relajarse, mantenerse presente y seguir conectado.

Desde el enfoque Compassionate Inquiry®, la seguridad es inseparable de la sintonía. Surge cuando otra persona está dispuesta a estar presente sin agenda, interpretación o urgencia de arreglar las cosas. En este espacio, la conciencia puede desarrollarse orgánicamente.

Cuando la IA ingresa en el entorno terapéutico, ya sea de manera directa o indirecta, invita a reflexionar sobre cómo se ven afectadas estas sutiles señales relacionales. Cuando la tecnología interviene en partes del proceso, ¿podemos seguir sintiendo seguridad? ¿Y qué elementos de la seguridad permanecen claramente humanos?

La IA ya está impactando el ámbito terapéutico

La IA no necesita sustituir al terapeuta para dar forma a la experiencia terapéutica. A menudo, ya opera silenciosamente en segundo plano.

Algunos ejemplos comunes son:

  • Programación y recordatorios automatizados
  • Transcripción y resúmenes de las sesiones
  • Herramientas que analizan los patrones del habla o el sentimiento
  • Plataformas digitales que almacenan y procesan información sensible de los clientes

Algunas herramientas basadas en IA también pretenden interactuar directamente con los clientes, proporcionándoles controles estructurados, reflexiones o apoyo psicoeducativo.

Cada una de estas aplicaciones puede parecer neutral o de apoyo en la superficie. Sin embargo, desde la perspectiva del trauma, incluso los cambios más sutiles en el proceso pueden influir en la sensación de seguridad del cliente. Naturalmente, surgen preguntas:

  • ¿Entiende el cliente cómo se utiliza su información?
  • ¿Sienten que tienen la opción y la capacidad de actuar al utilizar estas herramientas?
  • ¿La tecnología mejora la claridad o introduce incertidumbre?

No se trata sólo de cuestiones técnicas. Son cuestiones relacionales.

Consentimiento, transparencia y la experiencia de elección

La seguridad en la terapia está estrechamente vinculada a la capacidad de elección. La sensación de autonomía de los clientes se refuerza cuando se sienten capacitados para decir no, hacer preguntas o ralentizar el proceso.

La IA complica esta dinámica con matices. Los formularios de consentimiento pueden especificar la recopilación o almacenamiento de datos, pero la experiencia real del consentimiento puede carecer de claridad. Los algoritmos operan a menudo de forma invisible, y los clientes pueden no comprender del todo lo que ocurre entre bastidores.

Para algunos, esta falta de visibilidad puede ser neutral. Para otros, especialmente aquellos con antecedentes de violaciones o pérdida de control, puede percibirse como una amenaza sutil.

Esto plantea cuestiones sutiles, pero importantes:

  • ¿Hasta qué punto podemos ser transparentes con los procesos de IA?
  • ¿Cómo garantizar que el consentimiento no solo sea informado, sino también sentido?
  • ¿Qué significa ofrecer opciones cuando la tecnología está incorporada por defecto?

Estas preguntas no apuntan a soluciones sencillas. Solicitan a los profesionales que permanezcan atentos a cómo se comunica la seguridad, no solo mediante explicaciones, sino a través de la presencia relacional.

Seguridad relacional y límites de la tecnología

La seguridad relacional no se crea a través de la eficacia o la precisión. Surge de la capacidad de respuesta, de la capacidad de sentir y adaptarse a lo que ocurre en cada momento.

La sintonía humana implica pausas, vacilaciones, cambios de tono y la capacidad de permanecer en la incertidumbre. Un terapeuta puede notar un retraimiento sutil en un cliente y responder reduciendo la velocidad, suavizando la voz o nombrando lo que percibe sin suposiciones.

La IA, por el contrario, responde basándose en patrones. Aunque esté diseñada para parecer empática, no percibe en tiempo real. No rastrea su propio estado interno ni se responsabiliza del impacto relacional de sus respuestas.

Esta distinción no hace que la IA sea intrínsecamente insegura. Pero sí pone de relieve un límite: la tecnología no participa en las relaciones del mismo modo que los humanos.

La presencia de un sistema nervioso humano regulado sigue siendo fundamental cuando la seguridad depende de satisfacer, sentir y comprender las necesidades.

Datos, privacidad y sistema nervioso

Los debates sobre la privacidad suelen centrarse en el cumplimiento legal o ético. Sin embargo, desde una perspectiva informada por el trauma, la privacidad también es somática.

Cuando los clientes saben —o sospechan— que sus palabras pueden ser almacenadas, analizadas o compartidas más allá de la díada terapéutica, sus cuerpos pueden responder con cautela. Incluso si se les tranquiliza intelectualmente, una parte del sistema nervioso puede permanecer alerta.

Esto es especialmente relevante cuando las herramientas de IA dependen de plataformas de terceros o de almacenamiento en la nube. No solo importa la seguridad de los datos, sino también cómo gestiona la entidad el riesgo de exposición.

Los profesionales pueden encontrarse reflexionando sobre cuestiones como:

  • ¿Cómo afectan las conversaciones sobre el uso de datos al contenedor terapéutico?
  • ¿Existen momentos en los que reducir la mediación tecnológica favorece una mayor seguridad?
  • ¿Cómo podemos darnos cuenta de cuándo la tecnología se convierte en una fuente de restricción en lugar de apoyo?

Una vez más, estas preguntas se resisten a respuestas definitivas. Invitan a una toma de conciencia permanente.

El papel del terapeuta como presencia reguladora

A medida que la IA se integra más en los flujos de trabajo clínicos, el papel del terapeuta puede ser aún más esencial, no menos.

Cuando algunas partes de la terapia están mediadas por sistemas que carecen de conciencia o encarnación, la capacidad humana de presencia, discernimiento y sensibilidad ética se convierte en una fuerza estabilizadora. El terapeuta sigue siendo el único que puede darse cuenta de que algo no va bien, de que un cliente está distante o de que es necesario restablecer la seguridad.

En lugar de preguntarse si la IA puede crear seguridad, podría ser más productivo preguntarse:

  • ¿Cómo contextualiza la presencia del terapeuta el uso de la IA?
  • ¿Qué ayuda a los profesionales a mantener los pies en la tierra y estar en sintonía con la tecnología?
  • ¿Cómo puede la concienciación guiar las decisiones sobre cuándo y cómo se utiliza la IA?

En este sentido, la seguridad puede depender menos de las propias herramientas y más de la conciencia con la que se integran.

Mantener la investigación

La IA invita a tener opiniones firmes: entusiasmo, escepticismo, miedo y esperanza. Sin embargo, la práctica informada por el trauma a menudo exige algo diferente: la capacidad de mantener la curiosidad sin precipitarse a la certeza.

Al fin y al cabo, la seguridad no es estática. Cambia según las personas, los contextos y los momentos. Lo que supone un apoyo para un cliente puede resultar inquietante para otro. Lo que aumenta la seguridad en una fase de la terapia puede ser innecesario -o incluso intrusivo- en otra.

A medida que la IA siga evolucionando, es posible que los profesionales vuelvan a plantearse preguntas sencillas y humanas:

  • ¿Esto apoya la presencia o la distrae?
  • ¿Aumenta o disminuye la representación?
  • ¿Se está asumiendo la seguridad o se está sintiendo?

Estas preguntas no exigen una resolución inmediata. Piden sintonía.

Reflexión final

Las preguntas sobre la seguridad, la presencia y el papel de la IA en el espacio terapéutico no apuntan hacia una única respuesta. Por el contrario, abren un campo de reflexión que refleja la propia naturaleza del trabajo terapéutico.

La seguridad no puede automatizarse. No puede garantizarse solo con políticas. Surge en la relación, en la conciencia y en la voluntad de escuchar profundamente lo que ocurre bajo la superficie.

A medida que la tecnología se hace más presente en los contextos terapéuticos, la invitación puede ser menos a mantenerse al día con la innovación y más a permanecer anclados en lo que siempre ha importado: la presencia, la sintonía y la capacidad humana de encontrarse con el otro con atención.

Este artículo tiene fines educativos y no proporciona asesoramiento médico o terapéutico.

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