¿Cuándo se volvió todo tan serio?

Últimamente he estado reflexionando sobre una pregunta:

¿Cuándo se volvió todo tan serio?

No porque la seriedad sea inherentemente un problema. Hay responsabilidades que merecen toda nuestra atención. Algunas dificultades no se pueden tomar a la ligera, debemos cumplir con nuestras obligaciones y algunos momentos nos exigen serenidad y reflexión, pero me pregunto si la seriedad a veces es algo más que una respuesta a lo que sucede.

Quizás puede convertirse en una forma de desenvolvernos en el mundo.

Un día cualquiera puede transformarse rápidamente en una sucesión de tareas que completar, gestionar, mejorar o para las que prepararse. Hay que terminar el trabajo. Hay que responder mensajes. Hay que hacer planes. Incluso el descanso puede convertirse en otra tarea con un propósito: recuperarse eficazmente, mejorar nuestra salud o ser más productivos mañana.

En medio de todo esto, ¿dónde quedan la alegría y el juego?

¿Y qué podríamos descubrir si sintiéramos curiosidad por su ausencia?

When Did Everything Become So Serious

El peso silencioso de la responsabilidad

Para muchos de nosotros, la seriedad y la responsabilidad están estrechamente conectadas.

Es posible que hayamos aprendido a valorarnos por ser confiables, capaces, preparados o tener el control. Quizás nos sentimos más seguros cuando sabemos lo que los demás esperan de nosotros y podemos cumplir con esas expectativas.

Estas cualidades pueden sernos útiles. Nos ayudan a cuidar de nosotros mismos y de los demás, a la vez que nos brindan estabilidad, estructura y una sensación de competencia, pero tal vez haya momentos en los que la responsabilidad se fusiona con algo más rígido.

Podemos empezar a creer que siempre hay una forma correcta de hacer las cosas. Que los errores deben evitarse. Que el tiempo debe aprovecharse al máximo. Que el disfrute debe tener un propósito. Que ser tomado en serio depende de parecer sereno, productivo y seguro de sí mismo.

La espontaneidad puede resultar difícil en estas condiciones, porque el juego rara vez promete un resultado útil.

Experimenta.

Divaga.

Deja espacio para los errores, la sorpresa y la posibilidad de que la experiencia no dé ningún resultado tangible.

¿Qué sucede cuando esta apertura se encuentra con la parte de nosotros que ha aprendido a estar siempre preparada?

¿Qué podría estar protegiendo la seriedad?

Sería fácil convertir la seriedad en otro rasgo para juzgar.

¿Por qué soy tan rígido?

¿Por qué no puedo relajarme?

¿Por qué me cuesta divertirme?, pero quizás estas preguntas ya contienen la misma presión que intentamos comprender. Sugieren que deberíamos ser diferentes de cómo somos, sin antes preguntarnos por qué la seriedad pudo haber parecido necesaria.

Una pregunta más amable podría ser:

¿Qué me ha permitido la seriedad?

Quizás nos ayudó a sentirnos competentes en un entorno impredecible. Quizás ser maduros, serviciales o poco exigentes nos brindó aprobación. Quizás estar alerta nos ayudó a anticipar las necesidades de los demás. Quizás el logro nos dio un sentido de identidad, pertenencia o control.

Para algunas personas, el juego puede no haber sido especialmente seguro.

La espontaneidad puede haber provocado críticas. Los errores pueden haber tenido consecuencias. Ser ruidosos, tontos, expresivos o estar absortos en nuestro propio disfrute puede no haber sido bien recibido. Quizás aprendimos que era más seguro observar que participar, hacer las cosas bien en lugar de experimentar, o mantener la compostura y no arriesgarnos a pasar vergüenza.

Visto desde esta perspectiva, la seriedad tal vez no sea una falta de imaginación.

Puede ser una adaptación.

La intención no es hacer que la seriedad parezca algo malo, sino comprender las condiciones bajo las cuales se volvió tan común.

Cuando la alegría y el juego se sienten vulnerables

La disposición a jugar puede parecer ligera desde fuera, pero a menudo implica vulnerabilidad.

Jugar es adentrarse en una experiencia sin saber exactamente qué va a pasar. Puede implicar ser observados probando algo en lo que somos inexpertos o experimentando una habilidad que no hemos desarrollado o simplemente nos encontramos despreocupados de las apariencias.

Hay menos control.

Puede que no haya una medida clara de éxito.

Podríamos parecer ridículos.

Podríamos intentar algo y descubrir que no somos particularmente buenos en ello.

Para la parte de nosotros que se ha cimentado en la competencia, la seguridad o la autoevaluación, esto puede resultar sorprendentemente expuesto.

Puede que nos sintamos cómodos usando el humor para entretener a los demás, aliviar la tensión o mantener las conversaciones fluidas, pero, ¿es eso siempre lo mismo que sentirse alegre y juguetón?

El humor a veces puede ser espontáneo y conectar con los demás. Otras veces, puede ayudarnos a redirigir la atención, gestionar la incomodidad o evitar ser vistos con mayor profundidad.

Quizás la alegría y el juego también tienen otra cualidad.

Puede haber una relajación en el cuerpo. Una liberación temporal de la autovigilancia. La disposición a seguir la curiosidad sin necesidad de controlar la impresión que causamos.

¿Qué permite que surja este tipo de espontaneidad?

¿Y en torno a quién se siente posible?

Cuando todo necesita un propósito

Nuestra relación con el juego también puede estar marcada por la importancia que le damos a la productividad.

Como adultos, podemos acostumbrarnos a preguntarnos qué logrará una actividad.

¿Mejorará nuestra salud?

¿Desarrollará una habilidad útil?

¿Fortalecerá una relación?

¿Impulsará nuestra carrera?

¿Se convertirá en algo que podamos compartir, vender o mostrar?

Incluso las actividades que comienzan como juego pueden convertirse gradualmente en proyectos. Un interés casual se convierte en una meta. Un experimento creativo se convierte en algo que perfeccionar. El movimiento se convierte en una medida de rendimiento. El descanso se convierte en trabajo de recuperación.

La experiencia en sí misma ya no es suficiente. Debe conducir a alguna parte.

¿Qué sucede cuando la utilidad se convierte en la principal medida de cómo empleamos nuestro tiempo?

Quizás la alegría y el juego nos invitan a vivir un momento sin convertirlo inmediatamente en progreso.

Dibujar sin necesidad de ser un artista.

Bailar sin intentar mejorar.

Crear algo que nunca se exhibirá.

Seguir una idea porque es atractiva, no porque sea práctica.

Reír sin decidir primero si el momento lo permite.

Esto no significa abandonar el propósito, se trata de observar si el propósito se ha convertido en la única forma en que nos permitimos relacionarnos con la vida.

¿Puede algo importar porque nos hace sentir presentes, curiosos, conectados o vivos?

La alegría y el juego no son la ausencia de dolor.

Hablar de la alegría y el juego puede resultar incómodo cuando la vida se siente difícil.

Una invitación a jugar y experimentar alegría puede sonar despectivo cuando alguien está de duelo, abrumado, asustado o cargando con responsabilidades que dejan poco espacio para la tranquilidad. Puede convertirse en una exigencia más: algo que deberíamos sentir y/o hacer, pero no lo hacemos.

La alegría y el juego no nos exigen negar lo que duele.

No nos pide que minimicemos el sufrimiento, que forcemos el optimismo ni que sonriamos ante experiencias que merecen ser afrontadas con honestidad.

Quizás ofrece algo más sutil.

Puede haber momentos en los que la risa y el dolor coexistan. Cuando una breve experiencia de calidez no resuelve la dificultad, pero nos recuerda que la dificultad no define quiénes somos. Cuando la curiosidad crea un pequeño espacio alrededor de un patrón que antes parecía inamovible el dolor sigue siendo real y hay algo más presente.

La alegría y el juego, tal vez no puedan eliminar lo difícil, pero podrían permitir que nuestra experiencia se expanda más allá de la dificultad.

¿Cómo se siente la alegría en el cuerpo?

Es posible que reconozcamos la alegría como una idea antes de reconocerla como una experiencia corporal.

¿Qué sucede físicamente cuando experimentamos la alegría y el juego?

¿Cambia la respiración?

¿Se suaviza el rostro?

¿Se vuelve más animada la voz?

¿Se relajan los hombros o el cuerpo se siente más ágil y expresivo?

Tal vez haya calidez, energía, amplitud o una reducción temporal de la necesidad de controlar lo que sucede a continuación.

También puede haber incomodidad.

La alegría puede traer consigo timidez, vacilación o el impulso de retroceder. Es posible que nos demos cuenta de que observamos la experiencia desde la distancia en lugar de sumergirnos por completo en ella.

Ninguna de estas respuestas necesita ser corregida.

Simplemente pueden formar parte de la indagación.

¿Qué asocia mi cuerpo con el juego?

¿Qué condiciones lo favorecen?

¿Qué lo interrumpe?

¿Qué se vuelve posible cuando me siento lo suficientemente seguro como para relajar mi necesidad de control?

¿Pueden coexistir la responsabilidad y la alegría?

Resulta tentador imaginar la seriedad y la alegría como opuestos.

Una es responsable; la otra, descuidada.

Una es madura; la otra, infantil.

Una se enfrenta a la realidad; la otra la evade.

Pero quizás esta distinción sea demasiado estrecha.

La alegría no implica necesariamente abandonar la estructura, ignorar las consecuencias o negarse a tomar en serio las cosas importantes. Puede manifestarse dentro de la responsabilidad, en lugar de oponerse a ella.

Puede presentarse como flexibilidad cuando un plan cambia.

Curiosidad cuando desconocemos la respuesta.

Amabilidad en una conversación difícil.

Creatividad cuando la solución habitual ya no funciona.

Un momento de risa compartida que permite a dos personas reconectar.

Disposición a experimentar en lugar de exigir la perfección al primer intento.

Quizás la alegría y el juego no son algo que hacemos siempre, también pueden ser cualidades que aportamos a lo que ya hacemos.

¿Podemos mantenernos comprometidos sin volvernos rígidos?

¿Puede algo ser importante para nosotros sin que tengamos que controlar cada resultado?

¿Podemos tomarnos nuestras responsabilidades en serio sin que la seriedad se convierta en nuestra única forma de ser?

El permiso que quizás aún esperamos

A veces, jugar parece requerir permiso.

Nos relajaremos cuando el trabajo esté terminado.

Dedicaremos tiempo al disfrute cuando todos los demás estén atendidos.

Probaremos algo nuevo cuando tengamos más confianza.

Seremos espontáneos cuando la vida parezca menos complicada.

Sin embargo, el trabajo rara vez está completamente terminado. Siempre puede haber alguien que necesite algo. La confianza puede no llegar antes de la experiencia que podría ayudarla a crecer. La vida puede seguir llena de incertidumbre.

¿Qué permiso estamos esperando?

¿Y de quién?

Quizás una parte de nosotros todavía cree que el juego debe ganarse. Que la tranquilidad llega después del logro. Que la alegría solo es aceptable cuando se han cumplido todas las obligaciones.

Si es así, tal vez valga la pena abordar esa parte con curiosidad en lugar de discutir con ella.

¿Qué teme que suceda si aflojamos el control por un momento?

¿Se descuidaría algo importante?

¿Nos volveríamos indisciplinados?

¿Nos verían los demás de manera diferente?

¿Perderíamos la identidad que hemos construido en torno a ser capaces y tener el control?

Estas preguntas pueden ayudarnos a discernir si lo que parece resistencia a la espontaneidad es también cuidado, protección o vigilancia que adopta una forma familiar.

Permaneciendo en la pregunta

¿Cuándo se volvió todo tan serio?

Quizás no haya un momento específico.

La seriedad puede haberse ido acumulando poco a poco a través de las expectativas, las responsabilidades, las experiencias y las formas en que aprendimos a protegernos. Puede que nos haya ayudado a lograr cosas importantes. Puede que aún lo haga.

La pregunta no es si deberíamos tomarnos las cosas con menos seriedad, es si la seriedad se ha convertido en nuestra única respuesta posible.

¿Cuándo nos sentimos libres para experimentar?

¿Qué sucede en nuestro interior cuando cometemos un error?

¿Podemos disfrutar de algo sin necesidad de ser buenos en ello?

¿Con quién nos sentimos espontáneos, expresivos o vulnerables?

¿En qué aspectos de nuestra vida podría haber espacio para un poco más de curiosidad y un poco menos de certeza?

Estas preguntas no nos piden que finjamos ser juguetones ni que nos tracemos nuevos objetivos.

Simplemente nos invitan a observar.

A observar cuando el cuerpo se relaja.

A observar cuando surge la curiosidad.

A observar los momentos en que dejamos de controlarnos y nos absorbemos en lo que está sucediendo.

Quizás la alegría no tenga que ser forzada.

Quizás ya esté presente, esperando el espacio, la seguridad y el permiso suficientes para emerger.

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